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DISCURSO
DEL CABALLERO ANDREW RAMSAY PRONUNCIADO EN 1736
SEÑORES,
El
noble entusiasmo que ustedes demuestran para ingresar en la antigua
y muy ilustre Orden de los Francmasones es una prueba evidente
de que ya poseen todas las cualidades necesarias para convertirse
en sus miembros. Estas cualidades son la filantropía, el
secreto inviolable y el gusto por las bellas artes.
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Licurgo,
Solón, Numa y todos los demás legisladores políticos
no lograron que sus instituciones llegaran a ser duraderas: por muy
sabias que hayan sido sus leyes, no han podido extenderse a todos los
países y perdurar a través de los siglos. Puesto que se
fundamentaban en las victorias y las conquistas, en la violencia militar
y en el dominio de un pueblo sobre otro, no han podido llegar a ser
universales ni adaptarse al gusto, al genio y a los intereses de todas
las naciones. No se basaban en la filantropía: el falso amor
por una parcela de hombres, quienes habitan una pequeña región
del universo que se llama patria, destruía en todas estas repúblicas
guerreras el amor por la humanidad en general. Los hombres, fundamentalmente,
no se diferencian por las lenguas que hablan, las ropas que visten o
los rincones de este hormiguero que habitan.
El
mundo entero no es más que una gran república, en la cual
cada nación es una familia y cada individuo un niño. Señores,
nuestra sociedad se estableció para hacer revivir y propagar
las antiguas máximas tomadas de la naturaleza del ser humano.
Queremos
reunir a todos los hombres de gusto sublime y de humor agradable mediante
el amor por las bellas artes, donde la ambición se vuelve una
virtud y el sentimiento de benevolencia por la cofradía es el
mismo que se tiene por todo el género humano, donde todas las
naciones pueden obtener conocimientos sólidos y donde los súbditos
de todos los reinos pueden cooperar sin celos, vivir sin discordia,
y amarse mutuamente.
Sin
renunciar a sus principios, desterramos de nuestras leyes todas las
disputas que pueden alterar la tranquilidad del espíritu, la
delicadeza de las costumbres, los sentimientos afectuosos, la alegría
legítima, y aquella armonía absoluta que sólo se
encuentra en la eliminación de todos los excesos indebidos y
de todas las pasiones discordantes.
Asimismo
tenemos nuestros misterios: son signos que representan nuestra ciencia,
jeroglíficos muy antiguos y palabras que se tomaron de nuestro
arte; todos ellos componen un lenguaje algunas veces mudo y otras muy
elocuente para comunicarse a grandes distancias, y para reconocer a
nuestros hermanos sin importar su lengua o país. En un primer
momento, a los que ingresan nada más se les da a conocer el sentido
literal. Es sólo a los adeptos que se les revela el sentido sublime
y simbólico de nuestros misterios. Es así como los orientales,
los egipcios, los griegos y los sabios de todas las naciones ocultaban
sus dogmas por medio de figuras, símbolos y jeroglíficos.
A
menudo, el sentido literal de nuestras leyes, de nuestros ritos y de
nuestros secretos sólo ofrece a la razón un sinnúmero
de palabras ininteligibles; sin embargo, los iniciados encuentran en
ellos un manjar exquisito que alimenta, que eleva, y que le recuerda
al espíritu las verdades más sublimes. Ha sucedido con
nosotros lo que casi nunca ha sucedido con otra sociedad.
Nuestras
logias se han instaurado hace mucho tiempo y se difunden hoy por todas
las naciones civilizadas del mundo; sin embargo, entre tan numerosa
multitud de hombres ningún hermano jamás ha traicionado
nuestro secreto. Desde el momento en que comienzan a formar parte de
nuestra cofradía, las personas más frívolas, las
más indiscretas y las menos instruidas aprenden a guardar para
sí mismas esta gran ciencia: entonces, parecen transformarse
y convertirse en hombres nuevos, impenetrables y penetrantes al mismo
tiempo. Si alguien rompiera los juramentos que nos unen, no tenemos
ninguna ley penal excepto el remordimiento de conciencia y la exclusión
de nuestra sociedad, según las siguientes palabras de Horacio:
Est
et fideli tuta silentio
Merces: vetabo, qui Cereris sacrum
Vulgarit arcanae, sub isdem
Sit trabibus, fragilemve mecum
Solvat phaselum.
Horacio,
antiguamente, fue orador de una gran logia establecida en Roma por Augusto,
mientras Mecenas y Agripa eran sus vigilantes. Las mejores odas de este
poeta son himnos que compuso para que se cantaran en nuestras orgías.
Sí, señores, las famosas fiestas de Ceres en Eleusis,
de las cuales habla Horacio, así como las de Minerva en Atenas
y las de Isis en Egipto no eran otra cosa que logias de nuestros iniciados,
donde se celebraban nuestros misterios con las comidas y las libaciones
pero sin los excesos, los desenfrenos y sin la intemperancia en que
cayeron los paganos, después de haber abandonado la sabiduría
de nuestros principios y la pureza de nuestras máximas.
El
gusto por las artes liberales es la tercera cualidad que se requiere
para entrar en nuestra Orden, la perfección de este gusto es
la esencia, el fin y el objeto de nuestra unión. De todas las
ciencias matemáticas, la de la Arquitectura, ya sea civil, naval
o militar es, sin duda, la más útil y la más antigua.
Es a través de ella que nos defendemos contra las injurias del
aire, contra la inestabilidad de las olas y sobre todo contra el furor
de otros hombres.
Es
por medio de nuestro arte que los mortales han encontrado el secreto
de construir casas y urbes con el propósito de reunir las grandes
sociedades; el secreto de recorrer los océanos para llevar de
uno a otro hemisferio las riquezas de la tierra y de los mares y en
fin el secreto de construir murallas y máquinas contra un enemigo
más terrible que los elementos y los animales, quiero decir contra
el hombre mismo que no es más que una bestia feroz, a menos que
su naturaleza sea templada con la dulzura, la paz y la filantropía
de las máximas que reinan en nuestra sociedad.
Tales
son, señores, las cualidades que se requieren en nuestra Orden
de la cual revelaremos ahora, en pocas palabras, el origen y la historia.
Nuestra
ciencia es tan antigua como el género humano, pero no se debe
confundir la historia general del arte con la historia particular de
nuestra sociedad. Han existido en todos los países y en todos
los siglos arquitectos, pero todos estos arquitectos no eran francmasones
iniciados en nuestros misterios. Cada familia, cada república
y cada imperio cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos tiene
su fábula y su verdad, su leyenda y su historia, su ficción
y su realidad.
La diferencia que hay entre nuestras tradiciones y aquellas de todas
las demás sociedades humanas es que las nuestras están
fundadas en los anales del pueblo más antiguo del universo, el
único que hoy conserva el mismo nombre que tenía antiguamente,
que no se confunde con las otras naciones aunque esté disperso
por todas partes y en fin, el único que ha conservado sus libros
antiguos, al contrario de casi todos los demás pueblos en los
que éstos se han perdido. Por lo tanto, he aquí lo que
he podido recopilar sobre nuestro origen en los antiquísimos
archivos de nuestra Orden, en las actas del Parlamento de Inglaterra
que hablan frecuentemente de nuestros privilegios, y en la jurisdicción
actual de un país que ha sido el centro de nuestra ciencia arcana
desde el siglo décimo. Señores, dígnense prestar
más atención; hermanos vigilantes protejan la logia, aparten
de este lugar la vulgaridad profana.
Procul oh procul este profani, odi profanum vulgus et arceo, favete
linguis.
El
gusto supremo por el orden, la simetría y la proyección
sólo pueden ser inspirados por el Gran Geómetra, arquitecto
del Universo, cuyas ideas eternas son los modelos de la belleza verdadera.
Además, vemos en los anales sagrados del legislador de los judíos
que Dios mismo fue el que enseñó al restaurador del género
humano las proporciones de la construcción flotante que tenía
como función preservar durante el diluvio los animales de todas
las especies para que repoblaran nuestro globo, cuando saliera del seno
de las aguas. Por consiguiente, Noé debe ser considerado como
el autor y el inventor de la arquitectura naval así como el primer
gran maestro de nuestra Orden. La ciencia arcana fue trasmitida por
medio de una tradición oral desde Noé hasta Abraham y
los patriarcas, el último de los cuales llevó nuestro
arte sublime a Egipto. Fue José quien dio a los egipcios la primera
idea para la construcción de los laberintos, de las pirámides
y de los obeliscos que se han admirado en todas las épocas. Es
por esta tradición patriarcal que nuestras leyes y nuestras máximas
se difundieron en Asia, Egipto, Grecia y entre todos los Gentiles; sin
embargo, rápidamente nuestros misterios fueron alterados, degradados,
deformados y mezclados con supersticiones y la ciencia secreta sólo
se conservó pura entre el pueblo de Dios.
Moisés,
inspirado por el Altísimo, hizo construir en el desierto un templo
móvil de acuerdo con el modelo que se le había revelado
en una visión celeste en la cumbre de la montaña sagrada,
prueba evidente de que las leyes de nuestro arte se observan en el mundo
invisible donde todo es armonía, orden y proporción. Este
tabernáculo ambulante, copia del palacio invisible del Altísimo,
que es el mundo superior, se convirtió después en modelo
del famoso templo de Salomón el más sabio de los reyes
y de los mortales. Este edificio soberbio sostenido por mil quinientas
columnas de mármol de Paros, con más de dos mil ventanas,
con capacidad para cuatrocientas mil personas, fue construido en siete
años por más de tres mil príncipes o maestros masones
que tenían por jefe a Hiram-Abif gran maestro de la logia de
Tiro, a quién Salomón confió todos nuestros misterios.
Fue el primer mártir de nuestra Orden… su fidelidad se debe conservar…
su ilustre sacrificio. Después de su muerte, el rey Salomón
escribió en jeroglíficos nuestro estatuto, nuestras máximas
y nuestros misterios, y este libro antiguo es el código original
de nuestra Orden.
Después
de la destrucción del primer templo y el cautiverio de la nación
escogida, el ungido del Señor, el gran Ciro que se había
iniciado en todos nuestros misterios designó a Zorobabel como
gran maestro de la logia de Jerusalén, y le ordenó poner
los cimientos del segundo templo donde fue depositado el misterioso
Libro de Salomón.
Durante
doce siglos este Libro se conservó en el templo de los israelitas,
pero después de la destrucción del segundo templo y la
dispersión de este pueblo durante el imperio de Tito, el antiguo
libro se extravió hasta el tiempo de las cruzadas, cuando se
encontró parte de él después de la toma de Jerusalén.
Se descifró este código sagrado y sin penetrar en el espíritu
sublime de todos los jeroglíficos que se encontraron, se resucitó
nuestra antigua Orden de la cual Noé, Abraham, los patriarcas,
Moisés, Salomón y Ciro habían sido los primeros
grandes maestros. He ahí, señores, nuestras antiguas tradiciones.
He aquí ahora nuestra verdadera historia.
Desde
los tiempos de las guerras santas en Palestina, varios príncipes,
señores y artistas se unieron, hicieron voto de restablecer los
templos de los cristianos en Tierra santa, se comprometieron por medio
de un juramento a emplear su ciencia y sus bienes para devolver la arquitectura
a su primitiva constitución, rescataron todos los antiguos signos
y las palabras misteriosas de Salomón, para distinguirse de los
infieles y reconocerse mutuamente [...] unirse íntimamente con
[...]
Desde
entonces y después, nuestras logias llevaron el nombre de logias
de San Juan en todos los países.
Esta unión se hizo a imitación de los israelitas cuando
construyeron el segundo templo. Mientras unos usaban la paleta y el
compás, los otros los defendían con la espada y el escudo.
Después
de los grandes reveses de las guerras sagradas, la decadencia de las
armadas cristianas, y el triunfo de Bendocdor Sultán de Egipto
durante la octava y última cruzada, el hijo de Enrique III de
Inglaterra, el gran príncipe Eduardo, viendo que ya no había
seguridad para sus hermanos masones en Tierra santa quiso que todos
lo acompañaran cuando las tropas cristianas se retiraron y esta
colonia de adeptos se estableció así en Inglaterra. Puesto
que este príncipe estaba dotado de todas las cualidades del espíritu
y del corazón que forman a los héroes, amó las
bellas artes y sobre todo nuestra gran ciencia. Estando en el trono,
se declaró gran maestro de la Orden, le otorgó varios
privilegios y franquicias, y desde entonces los miembros de nuestra
cofradía tomaron el nombre de francmasones. Desde
esta época Gran Bretaña se convirtió en la sede
de la ciencia arcana, en la conservadora de nuestros dogmas y en la
depositaria de todos nuestros secretos.
Desde
las islas británicas la antigua ciencia comienza a pasar a Francia.
La nación más espiritual de Europa se convertirá
en el centro de la Orden y derramará en nuestros estatutos las
gracias, la delicadeza y el buen gusto, cualidades esenciales en una
Orden cuya base es la sabiduría, la fuerza y la belleza del genio.
Es en nuestras logias que en lo sucesivo los franceses verán,
sin viajar, como en una pintura sintetizada, las características
de todas las naciones y es aquí donde los extranjeros aprenderán
por experiencia que Francia es la verdadera patria de todos los pueblos.
Para saber más
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